Al final solo queda la frialdad de los números

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Por Adrián Villegas, Profesor en Extensión Universitaria y Desarrollo Ejecutivo. ITAM Consultor en Opinión Pública y Marketing, @adrianencuestas

En la contribución del mes pasado escribía: "Si suponemos un escenario de participación del orden de 70% andaríamos teniendo poco más de 62 millones de votantes. Si los datos de los agregadores fueran predictivos del resultado final, estaríamos ante un escenario donde AMLO llegaría a superar los 30 millones de votos." Continuaba la redacción con una estimación para Ricardo Anaya obteniendo alrededor de 17 millones de votos y José Antonio Meade alrededor de 13 millones de votos.

Ahora sabemos que la participación no llegó siquiera al 64%, pero también conocemos que Andrés Manuel López Obrador sí superó los 30 millones de votos; que Ricardo Anaya no alcanzó los 13 millones de votos y que José Antonio Meade no llegó ni 10 millones de votos.

Abajo se pueden apreciar las estimaciones de los agregadores, sobre la base de intención de voto efectiva (o sea restando la no respuesta a la pregunta de intención de voto), las cuales mostraban lo siguiente:

estadisticasdeintenciondevoto

Para hacer una comparación entre los datos anteriores y los resultados oficiales finales del INE, descontando los votos de Margarita Zavala, de otros candidatos no registrados y los votos nulos:

porcentajevotos

Se puede apreciar que tomando en consideración los límites superiores de los intervalos de confianza de los estimadores de los agregadores que así presentaron sus datos, salvo en el caso de Numérika, el valor porcentual de AMLO fue superior al máximo previsto por los agregadores. Para los agregadores que no difundieron intervalos de confianza y sí publicaron valores puntuales (medias de sus intervalos) también hubo subestimación de la intención de voto por AMLO. El resultado generalizado fue el de subestimar la intención de voto por AMLO.

Para el caso de RAC ocurrió un fenómeno inverso; se tendió a sobreestimar su porcentaje de intención de voto, excepto en el caso de Numérika.

En el caso de JAMK la sobreestimación de su porcentaje de intención de voto fue superior, por varios puntos, al valor porcentual final de JAMK.

El resultado de subestimar la intención de voto por AMLO y sobreestimar la correspondiente a RAC y JAMK condujo a que en este año la distancia porcentual verdadera entre primero y segundo lugar, según los agregadores, fuera menor a la distancia real. AMLO superó efectivamente a RAC por 31.9 puntos porcentuales y por 37.9 puntos a JAMK. Las magnitudes de estas diferencias no fueron “detectadas” con precisión.

Vale la pena recordar que en 2012 el fenómeno global con las casas encuestadoras fue al revés. Se sobreestimó la intención de voto del primer lugar, Enrique Peña Nieto y se subestimó la intención de voto por el segundo lugar, Andrés Manuel López Obrador. Recordará el lector que hubo grandes críticas de parte de los seguidores de AMLO en el sentido de que la distancia de dos dígitos que las casas encuestadoras con mayor difusión de sus resultados sostuvieron durante la campaña había sido factor relevante para generar un ambiente de ventaja irremontable de EPN, afectando con ello a AMLO.

¿Por qué en esta ocasión donde la ventaja de AMLO era del orden de más de 20 puntos según los datos de las casas encuestadoras y de los agregadores y terminó siendo de poco más de 30 puntos no fue sujeto de mayor crítica?

Seguramente la respuesta no se centra en que las casas encuestadoras hayan vuelto a subestimar la intención de voto por AMLO como lo hicieron en 2012 y lo hicieron de nuevo en 2018 y que hayan vuelto a sobreestimar la intención de voto de los candidatos opositores a AMLO, particularmente la del candidato del PRI. La respuesta se centra en que ahora los candidatos perdedores reconocieron de manera rápida su derrota y fijaron un comportamiento de altura democrática que ojalá sea un precedente.

Ahora, de cara a la frialdad de los números, los responsables de las casas encuestadoras y de los agregadores, no pueden solazarse en que en esta ocasión no hubo mayores críticas y sí elogios de parte de algunos sectores de la “comentocracia” hacia su labor. Si bien, al igual que en 2012 el orden final de los candidatos fue acertado; la realidad es que la estimación del orden no era complicada para el primer y el último lugar.

La estimación más relevante, dada la importancia que ello tenía, era la correspondiente al segundo lugar. Afirmarse como segundo lugar para los candidatos Anaya y Meade era crucial a fin de concitar alrededor de uno de ellos el llamado “voto útil”. La autocrítica para las casas encuestadoras que “describieron” un escenario cerrado entre segundo y tercer lugar, cuando no lo fue (6 puntos porcentuales y poco más de 3 millones de votos entre uno y otro) debe ser una obligación, más para aquellas que dieron el segundo lugar a Meade en sus últimas estimaciones públicas.

Para los partidos políticos queda otra tarea: el PRI y sus aliados perdieron alrededor de 10 millones de votos de 2012 a 2018; el PAN, con sus nuevos aliados, apenas pudo quedar casi igual que hace 6 años con poco menos de 13 millones de votos. Cada partido tendrá que hacer un análisis realista de sus resultados para poder “regresar” en futuras contiendas de manera competitiva.

A la población queda la tarea de que independientemente de por quién hayan votado, hay muchas cosas en las cuales reflexionar y participar como ciudadanos si es que realmente estamos frente a un cambio real del estado mexicano.

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Edicion 230