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Marketing

También la mañanera hace cuac

Redaccion NEO·26/6/2026
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También la mañanera hace cuac

También la mañanera hace cuac

Existen fenómenos que escapan a la planificación publicitaria convencional. No surgen de salas de juntas, ni son el resultado de grupos de enfoque o de estrategias de medios meticulosamente diseñadas. Simplemente emergen. Un video aparece en línea, una imagen comienza a circular, las redes sociales hacen su trabajo y, de repente, un personaje que parecía insignificante se convierte en el centro de atención nacional.

Este es el caso del Pato Merlín.

“Fame, makes a man take things over”.

Hace unos días, este personaje era prácticamente desconocido. Hoy, su imagen está presente en memes, publicaciones, videos, campañas improvisadas de marcas, mercancía no oficial e incluso en discursos políticos. Lo que comenzó como una curiosidad en internet ha evolucionado hacia un fenómeno viral que parece inevitable. Sin embargo, al igual que con otros éxitos digitales, la pregunta relevante no es por qué se hizo famoso, sino cuándo llegará a su fin.

Estamos familiarizados con el ciclo de vida de los productos: nacimiento, crecimiento, madurez y declive. Lo intrigante es que los fenómenos virales atraviesan estas etapas a una velocidad sorprendente. Lo que antes podía tardar años, hoy ocurre en cuestión de días.

El Pato Merlín es un ejemplo paradigmático. Primero, se produjo el descubrimiento. Luego, llegaron los memes y los videos que reaccionaban al fenómeno. A continuación, los medios comenzaron a cubrir la historia porque “todo el mundo estaba hablando de ella”. Después, las marcas comenzaron a capitalizar la conversación y, finalmente, la política se sumó al fenómeno.

Aquí es donde la historia se transforma de un simple entretenimiento a un fascinante caso de estudio en comunicación.

Los medios comprendieron rápidamente que el Pato Merlín generaba clics. En un entorno donde la atención es el recurso más escaso, cualquier contenido con potencial de viralización se convierte en noticia. Ya no se trata únicamente de la relevancia del hecho; lo que importa es su capacidad para generar conversación. El personaje dejó de ser un pato para convertirse en un activo de audiencia.

Este fenómeno no es nuevo. Los medios han aprendido a lo largo de los años que el algoritmo premia aquello que provoca emociones inmediatas. Si algo provoca risa, sorpresa o curiosidad, hay una alta probabilidad de que se comparta. Y si se comparte, genera tráfico. Si genera tráfico, produce ingresos. Así de sencillo.

“Fame, puts you there where things are hollow”.

La historia dio un giro aún más interesante cuando el fenómeno comenzó a ser utilizado en la comunicación política.

La presidenta Sheinbaum incorporó la imagen del Pato Merlín durante una de sus “mañaneras”, integrándolo a la conversación política del momento. Más allá de las simpatías o diferencias ideológicas que pueda suscitar este hecho, es fascinante y un tanto absurdo observar cómo un fenómeno nacido en internet puede ser asimilado de inmediato por el discurso institucional. No es casualidad.

La política contemporánea ha comprendido que la conversación pública ya no se construye únicamente desde los discursos oficiales. Se edifica a partir de los códigos culturales que dominan las redes sociales. Los memes, los personajes virales y las tendencias digitales funcionan como atajos para conectar con una audiencia que consume información de manera radicalmente diferente a como lo hacía hace apenas diez años.

El problema surge cuando la apropiación ocurre demasiado rápido.

En publicidad existe un principio claro: cuando una tendencia llega a las marcas, generalmente ya está en declive. Lo mismo ocurre en la política. Internet se nutre de la novedad. Cuando un fenómeno comienza a ser utilizado por empresas, instituciones, dependencias gubernamentales, políticos, influencers y cualquier persona que busque “subirse al tren”, el consumidor tiende a percibirlo como algo forzado. Y ahí es donde comienza el desgaste.

Este fenómeno se conoce como saturación. Un concepto creativo funciona porque sorprende. Pero cuando se repite mil veces, pierde su impacto.

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